En las redes sociales, especialmente en grupos dedicados a la conservación, hay un fenómeno que se repite sin cesar: el rechazo casi instintivo hacia las serpientes.

 No es raro ver imágenes de estos reptiles maltratados, mutilados o incluso asesinados, acompañadas de comentarios como “lléveselas para su casa”, “ese animal está maldito” o el famoso “serpiente que veo, serpiente que mato”. Y, por supuesto, siempre aparece la historia del tío que fue atacado por una serpiente.

Hablando de mitos, uno de los más hilarantes que sigue circulando parece sacado de un cuento antiguo: que las serpientes “chupan la leche de los bebés”. No solo es falso, sino que es biológicamente imposible. Las serpientes ni siquiera pueden digerir la lactosa.

Más allá de las anécdotas y los mitos, esto pone de manifiesto un problema más profundo: el miedo, pero, sobre todo, la falta de conocimiento. En un país como Colombia, donde habitan cerca de 300 especies de serpientes, solo unas 47 son venenosas. Y eso no significa que estén al acecho de los humanos. 

De hecho, para una serpiente, usar su veneno representa un gran gasto de energía, por lo que, en la mayoría de los casos, prefiere huir antes que enfrentarse a una persona. Los ataques suelen darse cuando son pisadas o cuando las personas intentan manipularlas o las persiguen para matarlas.

Además, hay un aspecto que rara vez se menciona en estas discusiones: muchas de esas serpientes que generan temor han sido fundamentales para la medicina moderna. Especies como Bothrops asper y Bothrops atrox, conocidas como mapaná, han proporcionado compuestos que se utilizan en medicamentos para la presión arterial y problemas de coagulación. Incluso la víbora de cascabel, Crotalus durissus, que se encuentra en el país, ha sido objeto de investigaciones por su potencial en enfermedades neurodegenerativas.

Sumado a su contribución a la medicina, su papel en la naturaleza es igualmente crucial. Las serpientes actúan como controladoras biológicas. Una sola puede llegar a consumir entre 100 y 500 animales al año, incluyendo roedores y otros pequeños vertebrados que pueden transmitir enfermedades como la leptospirosis o el hantavirus. En otras palabras, controlan las plagas mientras ayudan a mantener el equilibrio en el ecosistema.

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